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Un país sin puentes, por Rodrigo Barrenechea

22 mayo, 2026

Artículo de opinión de Rodrigo Barrenechea, investigador del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP). Este texto fue escrito para el Punto de Equilibrio n°65.

Los resultados de la primera vuelta electoral son el reflejo de un país que cada vez se reconoce menos a sí mismo. A primera vista llama la atención la enorme fragmentación y la novedad de los partidos que alcanzan representación. Luego se nota la continuidad. Se trata de la misma polaridad y el mismo mapa que viene definiendo las elecciones desde hace décadas. En Lima y la costa, un conjunto de candidaturas proponen, con matices, la continuidad del modelo económico e institucional vigente. En la sierra, Sánchez canaliza el voto andino y rural en favor de la disrupción y un nuevo orden. No existen partidos o líderes que logren representar exitosamente a ambas partes del Perú. 

Si bien las diferencias estructurales que dividen a estos “dos Perús” tienen raíces profundas en nuestra historia y sus herencias coloniales, lo cierto es que su traducción en una geografía electoral polarizada es relativamente reciente. Los partidos políticos de los ochenta y el fujimorismo de los noventa conectaron al Perú urbano con el rural. En los ochenta lo hicieron partidos con una convocatoria que atravesaba esas divisiones. Acción Popular y el APRA, por distintos caminos, ganaron con coaliciones integradoras. El fujimorismo logró algo similar en los noventa. Pese a todas sus diferencias, organizaciones, discursos y liderazgos integraban a un país que se reconocía en sus resultados.

Algo cambia en los dos mil. En esa década, aparece una pronunciada división electoral entre el “centro” (las zonas económicamente más dinámicas y socioculturalmente más globalizadas) y la “periferia” (zonas económicamente menos dinámicas y socioculturalmente más tradicionales). La primera elección en la que asomó esta diferencia fue en el 2001, pero se inaugura sin duda en el 2006, cuando Humala consolida la coalición que sus sucesores heredarán. Desde entonces la periferia ha rotado por una sucesión de candidatos —Humala, Mendoza, Castillo y ahora Sánchez— con partidos que aparecen para una elección y desaparecen en la siguiente, pero que representan una misma geografía electoral. 

Las causas del origen y persistencia de esa división entre centro y periferia pueden ser muchas y requieren investigación. De hecho, esta tendencia no se observa sólo en el Perú, sino en lugares tan distintos como Estados Unidos, Francia o Turquía. Pero conviene insistir en que esta polaridad es reciente: la demografía no equivale a destino ni la geografía a profecía. Los líderes y sus organizaciones la moderan o la refuerzan. En el Perú, de un tiempo a esta parte, los candidatos parecen asumir esa división como algo infranqueable y a sus organizaciones como incapaces de ser el puente entre ambos lados de la brecha. Sánchez, por ejemplo, llega a la segunda vuelta a través de una “ruta Castillista” que busca explícitamente sostenerse en el voto de la periferia y con Antauro Humala como símbolo de radicalidad y animadversión hacia el centro. Del otro lado, Rafael López Aliaga responde a su derrota aplastante en la periferia con una denuncia de fraude. Preguntado por qué no tuvieron personeros en mesas de centros poblados, un abogado de Renovación Popular respondió que a esas mesas, en sus palabras, no llega ni Dios.

Y esto nos lleva a la manifestación más dramática de esta resignación a no representar al otro: las acusaciones de fraude. En 2021, el fujimorismo, derrotado, alegó fraude precisamente en aquellas mesas periféricas en las que había sido abrumadoramente derrotado. Hoy, el candidato López Aliaga asegura que los resultados de las mesas instaladas en centros poblados son fraudulentos y pide su anulación. Hemos engendrado políticos incapaces de extender puentes entre uno y otro Perú. La salida que nos proponen no es construirlos, sino anular a quienes se encuentran del otro lado.

Si la primera vuelta estuvo definida por esta conocida polaridad social, la segunda se presenta como el retorno de la conocida polaridad política fujimorismo-antifujimorismo, que históricamente ha tendido a favorecer a candidatos que representan al segundo. Ya vimos la continuidad histórica en el resultado de la primera vuelta. Queda por ver si la continuidad se impondrá también en la segunda. Sea cual fuere el resultado, si los puentes no se construyen en los próximos cinco años, el único espacio de encuentro para los peruanos será el abismo

Continúa leyendo Punto de Equilibrio n° 65: Segunda vuelta sin segundas oportunidades. Consulta aquí las ediciones pasadas de Punto de Equilibrio.

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