Artículo de opinión de Juan Carlos Ladines, investigador del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP). Este texto fue escrito para el Punto de Equilibrio n°64.
En los años posteriores a la pandemia, los líderes del mundo occidental y emergente no han logrado reducir la incertidumbre; por el contrario, esta falta de certeza se ha vuelto un rasgo permanente del sistema internacional y ha erosionado la confianza en las instituciones globales, como también las perspectivas sobre hacia dónde gira el mundo.
El año 2026 continúa esa senda de inestabilidad, sus causas y efectos ya no operan en cuerdas separadas lo que complejiza el análisis de prospectiva. De los múltiples factores, la economía, la guerra y la tecnología se traslapan y alimentan entre sí, lo que produce una sensación de aceleración constante.
Primero, la economía mundial sigue creciendo, pero sin recuperar una base sólida. El FMI proyecta un crecimiento global de 3.3% para 2026, una cifra que evita el colapso, pero no transmite tranquilidad (World Economic Outlook Update, 2026). A esto se suma una fragilidad fiscal persistente: en 2023, la deuda pública promedio de los países de la OCDE alcanzó 110.5% del PIB (Government at a Glance – OECD, 2025). En ese contexto, la promesa de que menos regulación y más mercado nos permitirían volver a la normalidad luce cada vez menos convincente. Por el contrario, la expansión de aranceles, subsidios defensivos y restricciones comerciales muestran que la geoeconomía ha reemplazado a la apertura como lenguaje dominante.
Segundo, la retórica de guerra ha dejado de ser excepcional. La invasión rusa a Ucrania reinsertó la guerra interestatal en el centro de Europa, mientras que Gaza confirmó que el recurso militar sigue siendo políticamente tolerable para amplios sectores de la comunidad internacional. No solo se trata de discursos: el gasto militar mundial alcanzó en 2024 un récord de US$2.718 billones, con un aumento anual de 9.4%, el mayor desde el fin de la Guerra Fría (Trends in World Military Expenditure, 2024). La militarización ya es parte de la normalización estratégica.
Tercero, la tecnología dejó de ser únicamente promesa de eficiencia virtual. Los drones, por ejemplo, sirven tanto para la logística como para la guerra; la inteligencia artificial (IA) impulsa la productividad, pero también amplifica la desinformación, la vigilancia y la incertidumbre laboral. El Global Risks Report 2026 del Foro Económico Mundial, basado en más de 1,300 expertos, ubica la desinformación como uno de los riesgos centrales del corto plazo y advierte que los efectos adversos de la IA escalan rápidamente en el horizonte de largo plazo (The Global Risks Report WEF, 2026). La tecnología ya no solo transforma mercados: también redefine conflictos, percepciones y márgenes de control estatal.
Es importante resaltar que estos procesos deben leerse de manera conjunta. No estamos ante crisis aisladas, sino ante un mismo clima de época, donde la desaceleración económica, la confrontación geopolítica y la disrupción tecnológica se potencian mutuamente. Parafraseando un discurso de Winston Churchill de 1942, “quizás este es el fin del principio”, por ello, a pesar de no llegar ni a mitad de año percibe la extraña sensación de estar llegando al cierre anual y que se avecinan tiempos difíciles para la próxima década del siglo XXI.
Continúa leyendo Punto de Equilibrio n° 64: Rumbo a la segunda vuelta: reflexiones para el futuro del país. Consulta aquí las ediciones pasadas de Punto de Equilibrio.
Copyright 2019 - Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico