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El silencio de los académicos, por Oswaldo Molina

04 febrero, 2026

Artículo de opinión de Oswaldo Molina, investigador del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP). Este texto fue escrito para el Punto de Equilibrio n°63.

En su libro The Death of Expertise, Tom Nichols describe un fenómeno incómodo que viene ocurriendo en las sociedades contemporáneas frente a la aparente desinformación: no sufrimos de una escasez de información, atravesamos más bien una crisis de legitimidad del conocimiento experto. Creemos con facilidad en lo que nos dice un video de TikTok, pero desconfiamos de la ciencia. Y es que, en medio de redes sociales y algoritmos, se tiende a equiparar -y muchas veces a imponer- la opinión sobre la evidencia.

Detrás de esta situación, existe un preocupante anti-intelectualismo, una creciente desconfianza en las instituciones y la ilusión generalizada de “saber” generado por el consumo masivo de internet. La pregunta inevitable es cuál ha sido la responsabilidad de los académicos en llegar a este punto y cuál debería ser su rol para enfrentar este problema.

Al respecto, es importante notar, en primer lugar, que la desinformación no es un accidente, es un vacío. Cuando los expertos deciden no comunicar, ese espacio es ocupado por otros. En ese sentido, la renuncia tácita de muchos académicos a participar activamente en el debate público abre la puerta a pseudoexpertos y charlatanes.

En el contexto peruano, podemos ver cómo abundan las noticias falsas y las medias verdades en, por ejemplo, el ámbito económico. Así, es moneda común encontrar congresistas y supuestos “especialistas” que proponen medidas antitécnicas con el único propósito de ganar popularidad. Estas propuestas rara vez tropiezan con una férrea oposición, aun cuando ya han sido empleadas en el pasado con terribles consecuencias para el bienestar de los peruanos.

Frente a esto, producir evidencia ya no es suficiente, aun cuando ésta sea relevante y de alta calidad. Si los académicos queremos tener un papel central en romper el círculo vicioso de las noticias falsas, debemos participar activamente en el proceso de diseminación del conocimiento. Si bien comunicar no nos resulta natural a muchos académicos, refugiarnos únicamente en espacios de discusión intelectual y esperar que nuestro trabajo salte de ahí a la opinión pública e influya en las políticas, es -por decir lo menos- ingenuo y poco realista.

Solo podremos quitarnos la etiqueta de elitistas con la que se encasilla a los académicos en el panorama internacional, si incluimos la diseminación como parte esencial de nuestra labor, en línea con las necesidades actuales. Salir de la torre de marfil también implica entender que la manera cómo la mayoría adquiere información en estos tiempos es distinta y que se necesita cambiar la forma en que se comunica la evidencia.

Este llamado no es abstracto ni retórico: existen experiencias concretas que muestran cómo la academia puede asumir este rol en la práctica. Las iniciativas desarrolladas por instituciones académicas en esa dirección son fundamentales. En ese sentido, los continuos esfuerzos de la Universidad del Pacífico —como esta publicación periódica— son particularmente encomiables. En medio de la campaña electoral, poner diversas propuestas técnicas producidas por los especialistas de la universidad a disposición de la sociedad peruana en Agenda 2026 es comprender el rol que debemos tener en el país.

Recordemos que la desinformación no solo distorsiona el debate, sino que empeora las decisiones colectivas y las políticas públicas. Comunicar mejor no es un lujo académico; es una condición para mejores políticas. En última instancia, el académico que no comunica y opta por el silencio no es neutral: termina siendo funcional al ruido.

Continúa leyendo Punto de Equilibrio n° 63: El Perú que decidimos: temas urgentes de cara a las urnas. Consulta aquí las ediciones pasadas de Punto de Equilibrio.

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