Política económica

El mercado de limones (… el otro), por Diego Winkelried

25 noviembre, 2025

Artículo de opinión de Diego Winkelried, investigador del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP). Este texto fue escrito para el Punto de Equilibrio n°62.

En Piura, la temporada de limón sutil empezó un poco antes. Llovió mucho menos de lo anticipado, los árboles florecieron poco y los limones no tomaron el tamaño habitual. Pepe, productor de años, entendió que esperar ya no tenía sentido. Como él, muchos decidieron adelantar su reducida cosecha, incluso con limones no del todo maduros. La necesidad era la misma: pagar a los trabajadores, saldar deudas y asegurar semillas para la próxima campaña. No sabían si alguien aceptaría pagar el precio tan alto al que se vieron obligados a despachar, pero tampoco tenían muchas alternativas.

Cerca de allí, la situación de Oscar era distinta. El año anterior había invertido en un sistema de riego tecnificado, lo que le permitió tener una cosecha más estable. Al ver que otros productores empezaban a vender temprano, decidió no apurarse. Podía esperar. Pensó que sería mejor ofrecer sus limones en unas semanas, cuando alcancen mejor tamaño y color.

Ese sábado, en Lima, Anita, vendedora en un puesto de frutas, colocó las pocas mallas de limón que había comprado a un precio mucho más alto que el habitual. No sabía si sus clientes aceptarían ese precio, pero decidió probar con una cantidad limitada. Si lograba venderlas, compraría más la siguiente semana; si no, el error sería manejable. Su primer cliente fue Manuel, barman de un bar cercano. Preguntó el precio, lo escuchó y se sorprendió. Anita no supo qué explicar y solo atinó a decir: “No sé por qué, casero, pero hoy llegó caro”. Manuel compró muy poco; pensó que esa semana haría promoción de chilcanos, con solo unas gotitas de limón, y no vendería pisco sour.

Poco después llegó Héctor, dueño de una cevichería. También se sorprendió con el precio. “Quizá sea por algún problema en el norte, casero”, comentó Anita sin certeza. Héctor calculó rápido y compró casi lo mismo de siempre. Debía hacerlo: sin limón no hay ceviche, y sin ceviche no hay clientes. Es curioso que, sin siquiera imaginarlo, decisiones como la de Héctor estaban ayudando a agricultores como Pepe a superar una situación difícil. Poco después llegó Alicia, ama de casa. Al enterarse del precio, simplemente siguió caminando. “Esta semana habrá jugo de maracuyá en casa”, pensó.

De vuelta en Piura, Pepe respiró con alivio. Había vendido casi toda su cosecha a ese precio que, al principio, le parecía exagerado. Lamentó no haber tenido más limones que ofrecer. Oscar, al enterarse del precio que se estaba pagando, decidió que era el momento ideal para cosechar y despachar. Él podría vender sus limones rápidamente a un precio algo menor e igual hacer un buen negocio.

Mientras tanto, Miguel, un pequeño productor en Lambayeque, supo que el precio en Lima era lo suficientemente bueno como para cubrir los costos de transporte y se animó a enviar su cosecha por primera vez. Más al sur, en Ica, Yolanda, que cultivaba limón Tahití de manera experimental, también decidió enviar unas cajas. Sabía que los limeños preferían el sutil, pero supuso que aceptarían el Tahití si el precio era razonable.

Ese sábado, el puesto de Anita tenía más limones que la semana anterior y a un mejor precio. No abundaban, pero había más variedad. “Sigue caro, pero menos que la semana pasada, casero”, le dijo a Héctor, quien volvió a comprar, esta vez más tranquilo. Manuel, recordando que alguien le dijo que el limón Tahití funcionaba bien en coctelería, decidió probarlo. Alicia siguió sin comprar: “Si baja un poco más, regresamos a la limonada”. Anita comentó, casi como una intuición: “Esto siempre se acomoda, casera. Regrese la próxima semana”.

Pepe vendió, Anita ofreció, Oscar postergó, Héctor compró, Manuel sustituyó, Miguel innovó, Alicia esperó. Cada uno actuó casi de forma independiente y con poquísima información. ¿Por qué esas decisiones, tomadas casi a ciegas, no chocaron entre sí, sino que parecieron coordinarse, como si cada uno supiera mucho más de lo que realmente sabía? ¿Cómo pudieron, aparentemente, hacer lo correcto sin conocer lo que los demás querían? Si nadie planificó ni dirigió nada, ¿por qué todo empezó a ordenarse?

Hace ochenta años, Friedrich A. von Hayek nos hizo ver que el problema económico que enfrenta una sociedad no es técnico, ni estadístico, ni ingenieril. Es epistemológico¹. No se trata meramente de cómo asignar recursos, sino de cómo adaptarnos a cambios inesperados en un mundo donde el conocimiento relevante está disperso y fragmentado en miles o millones de mentes. Cada persona conoce solo su pequeñísimo fragmento de realidad mejor que nadie: su parcela, su clientela, su inventario, sus riesgos, sus oportunidades. Ese conocimiento vive en la experiencia, en la expectativa, en la intuición y a veces en el simple olfato para detectar una oportunidad. Es más el know how del artesano, del campesino, del bodeguero que el know that del científico o del tecnócrata. No está registrado ni articulado porque no es articulable. Cambia constantemente y no puede concentrarse ni ponerse a disposición de una autoridad central, por más poder computacional que esta tenga, porque es más cualitativo que cuantitativo. Y, sin embargo, es sobre ese conocimiento que debemos tomar decisiones.

Actuamos desde nuestra perspectiva inevitablemente limitada, sin nunca conocer el panorama general. Compramos, producimos; cambiamos de proveedor, ajustamos cantidades o simplemente esperamos mejores condiciones. Pero, ¿cómo saber qué hacer cuando se ignora lo que los otros saben? Pues respondiendo a una señal mínima pero confiable, que condensa el efecto agregado de una miríada de decisiones individuales: los precios de mercado. Cuando los precios fluctúan, por más pequeño que sea ese movimiento, transmiten el mensaje esencial: algo cambió, y podemos actuar en consecuencia, ya sea usando con más cuidado aquello que se ha vuelto más caro, ampliando la producción, o aprovechando una oportunidad emergente. El precio no explica qué ocurrió, ni dónde, ni por qué, pero permite actuar como si eso se supiera. Ese mensaje no va dirigido a todos, sino que llega precisamente a quienes necesitan estar al tanto para ajustar sus propios planes. No ilumina el campo entero, pero es una luz tenue, suficiente para orientarnos en medio de la oscuridad.

Lo notable es que, al actuar siguiendo esas señales, modificamos también las señales de los demás. Al comprar, dejar de comprar, producir más, sustituir, esperar o vender más caro, generamos nueva información que se incorpora a los precios. Y es esa acción —y no palabras, ni una estadística, ni un mapa— la que revela información útil para otros. Así, con cada decisión individual, limitada, parcial y privada, afectamos las decisiones de personas que ni siquiera conocemos. Quien actúa, comunica; y los demás reaccionan. La coordinación no exige que todos entendamos lo mismo, sino que podamos interpretar, desde nuestra propia situación, las pequeñas variaciones que, como huellas, dejan las decisiones ajenas. Lo que emerge de esa interacción continua no refleja la voluntad de nadie en particular, pero sí la de todos en general. Tampoco es un simple registro contable ni una receta de asignación, sino un fenómeno genuinamente social, comparable —por su sutileza, alcance y capacidad de coordinación— con el lenguaje o la moral.

El sistema de precios es, pues, un mecanismo de comunicación masiva extremadamente efectivo. No surge de la intención de comunicar ni de un diseño deliberado para coordinar, pero comunica y coordina. No existe antes del intercambio voluntario: es producto de él. No está separado de ese proceso; es ese proceso mismo. Conecta la experiencia, las expectativas y las decisiones de una multitud de personas que actúan sin conocerse, pero cuyos planes terminan entrelazándose. Esa es, quizás, la paradoja más profunda del sistema de precios: es impersonal y, sin embargo, emerge de decisiones personales. Nadie ve el conjunto, pero el conjunto se forma. Nadie lo controla, pero se mantiene. No es perfecto, pero se adapta. No es infalible, pero aprende. Lo fascinante no es que funcione bien, sino que funcione en absoluto. Y justamente porque no luce como un orden visible, jerárquico o planificado —como un ejército, una empresa o un plano de ingeniería— suele ser cuestionado por quienes no lo comprenden y albergan la ingenua ilusión de pretender controlarlo desde arriba, como si pudiera ser diseñado o dirigido.

Cuando no compramos limones porque están caros, o cuando los compramos ante una mejor oferta, no pensamos en señales, coordinación ni conocimiento disperso. Sin notarlo, participamos de uno de los procesos más sofisticados de cooperación humana. Un proceso tan silencioso, cotidiano e invisible, que solo podemos comprenderlo cuando dejamos de verlo como una transacción y empezamos por fin a percibirlo como una conversación fraterna.

 

[1] Hayek, F. A. (1945), “The use of knowledge in society”, American Economic Review, 35(4): 519-530 (Versión en español, audio en inglés). En 2011, este ensayo apareció en la lista de los veinte artículos más influyentes publicados en los primeros cien años del American Economic Review. Hay quienes creemos que no solo merece estar en esa lista, sino que es, sencillamente, el artículo de economía más importante del último siglo.

Continúa leyendo Punto de Equilibrio n° 62: Lo urgente y lo impostergable en la agenda nacional. Consulta aquí las ediciones pasadas de Punto de Equilibrio.

Artículos Relacionados
Política económica hace 2 meses
Política económica hace 8 meses
Política económica hace 10 meses

Copyright 2019 - Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico