Pobreza y desigualdad Discriminación social

“Una clase media apoya la democracia cuando siente que le da oportunidades y derechos”

07 julio, 2020

A raíz de la publicación del documento “Desigualdad extrema y captura del Estado, la crisis de la democracia liberal en los Estados Unidos”, conversamos con Cynthia Sanborn, investigadora del CIUP, quien analiza el presente de un país cuyo sistema político y social se ha deteriorado en los últimos años.

Estados Unidos figura en una lista de «democracias dañadas» preparada por The Economist Intelligence Unit, por sus desigualdades, instituciones deficientes, tensiones provocadas por diferencias étnicas, y un presidente con tendencias claramente autocráticas. ¿Se puede decir que Estados Unidos ahora padece de los mismos problemas que tanto han padecido países latinoamericanos?

La desigualdad es un problema serio en muchos países del mundo, por lo que no podemos decir que es una característica peculiarmente latinoamericana. Además, hay países de nuestra región que han logrado reducir brechas económicas y sociales mejores que otros. Y hay países como China, que hoy tienen niveles crecientes de desigualdad social a pesar de su modelo socialista igualitario.

EE.UU. siempre ha tenido niveles de desigualdad social, económica y racial mayores que sus pares europeos. El llamado “sueño americano” se basaba en la idea de que un hombre libre que trabaja muy duro lograra que sus hijos se eduquen y lo superen, sin que el Estado le dé una mano o un colchón. Sin embargo, como la Dra. Karl explica en su reciente libro Desigualdad extrema y captura del Estado: la crisis de la democracia liberal en los Estados Unidos publicado por el Fondo Editorial UP, en las últimas décadas las brechas se han exacerbado enormemente, y una pequeña minoría ha acumulado riqueza a expensas de muchísimos ciudadanos quienes, como vemos ahora, no tienen ni seguro mínimo de salud en tiempos de pandemia.

Respecto a la desigualdad, en contra de lo que se suele discutir, la autora plantea que los que forman parte del 1% más rico de la población no son el problema central, sino los superricos (cuya riqueza equivale a un 12% del PBI estadounidense). ¿Cuándo es que la desigualdad se convierte en un verdadero problema para cualquier democracia?

En una democracia, el principio básico es la igualdad política, la de derechos y oportunidades, comenzando con el derecho al voto. Un ciudadano, un voto, así todos somos iguales. Y se supone que las brechas sociales podrán ser combatidas a través de la organización política de quienes han sido excluidos. En otras palabras, en una democracia “la mayoría gana”, y una mayoría bien organizada puede lograr reformas que reducen las injusticias generadas en otros ámbitos, sea el racismo o sexismo institucionalizados, la explotación laboral, o la evasión tributaria de los más ricos.

Sin embargo, cuando hay gente sistemáticamente excluida del sistema político, mientras que los más ricos “compran” políticos y hacen lobby para resistir reformas sociales, la democracia está seriamente cuestionada. Por eso preocupa el peso tan grande que tiene el dinero en la política norteamericana, donde el financiamiento privado de candidatos y el lobby legalizado a favor de intereses particulares hacen que el peso del voto de cada ciudadano no sea igual.

Según la autora, las “políticas de identidad” que dominan el discurso mediático, pues son más visibles (lo hemos visto con las protestas recientes por el caso George Floyd), esconden el problema medular: la desigualdad extrema. ¿De qué manera?

Lamentablemente, las diferencias raciales y étnicas han funcionado a través de la historia norteamericana para dividir a quienes podrían compartir intereses en otro plano, y para obstaculizar la creación de alianzas para lograr reformas que existen en otras democracias con economías desarrolladas – como un buen sistema de salud pública, protecciones laborales para los trabajadores, reformas penitenciarias, y mejores medidas de regulación ambiental.

EE. UU. tiene un legado fuerte de esclavitud y de racismo institucionalizado, no cabe duda, y el “privilegio blanco” es una herencia difícil de superar. Pero en diversos momentos de su historia, ciudadanos de diferentes grupos raciales se han unido tras movimientos sociales y democráticos importantes para responder a crisis, derrocar el fascismo, parar guerras injustas, lograr avances para los trabajadores, etc. Por ello, los conservadores siempre han buscado dividir al pueblo, exacerbando los odios raciales entre otros.

Toda crisis tiene un correlato racial y étnico. Una consecuencia de la Gran Recesión (2008) es que hoy entre las familias de ingresos bajos y medios, las blancas tengan cuatro veces mayor riqueza que las negras y tres veces más que las hispanas. ¿De qué manera la crisis por el COVID-19 agravará las brechas?

Lo que estamos viendo hoy en EE.UU. es que los negros e hispanos están siendo golpeados más fuertemente por el COVID-19. No por razones biológicas, sino por su mayor vulnerabilidad y exclusión social, económica y ambiental. Tienen menos atención en salud y de menor calidad, también menos patrimonio y estabilidad laboral.

Aquí en el Perú, nuestros patrones de desigualdad y exclusión están siendo reflejados en los impactos que tiene esta pandemia, primero en la salud y el acceso a atención médica, y también en ahorros, empleo y bienestar.

Pese a la retórica política de Trump, en el texto se señala que Asia ha reemplazado a América Latina como la mayor fuente de nuevos inmigrantes. ¿Por qué el discurso xenófobo se ha focalizado tanto en los latinos? ¿Considera que la crisis ocasionada por el coronavirus puede hacer que este vire hacia oriente?

El estereotipo del migrante latinoamericano es de alguien que viene a realizar trabajos manuales por menos pago y menos derechos, amenazando los “buenos empleos” que históricamente han existido para hombres de clase trabajadora y sin educación superior en EE. UU. Por eso ha sido demasiado fácil exacerbar los ánimos anti-latinos, aun cuando la data demuestra que los migrantes latinoamericanos no están desplazando a los ciudadanos sino sumando de forma neta a la fuerza laboral.

Sin embargo, ahora vemos que el discurso político del actual presidente de EE. UU. y sus seguidores, es cada vez más anti-asiático, o anti-chino. Es un discurso fácil por la competencia económica y política que ha presentado China a nivel global en los últimos 20 años, y por el origen del COVID-19. Esto, aun cuando el virus obviamente tomó a todos por sorpresa, y cuando los chinos han demostrado mayor eficacia que EE. UU. en controlar la pandemia en sus territorios.

Lamentablemente, el discurso xenófobo anti-chino no solo proviene del partido Republicano sino también ha sido asumido por sus rivales demócratas, y me temo que puede generalizarse en el actual contexto de crisis. Justo cuando necesitamos mayor cooperación global en salud y otros temas, EE. UU. se retira de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de otras instituciones globales que ellos mismos ayudaron a construir, y nos da la espalda.

La autora también destaca el hecho de que, luego de cuatro décadas, la clase media «que alguna vez fue el baluarte de la democracia estadounidense» ya no sea la mayoría. En Perú representa al 44.7%, pero probablemente la pandemia le aseste un duro golpe. ¿Qué importancia tiene una clase media grande en un sistema democrático?

La llamada “clase media” peruana del siglo 21 siempre fue una exageración optimista. Si bien muchos peruanos lograron superar la línea de pobreza en cuanto a sus ingresos, debido al crecimiento económico sostenido, buena parte de ellos han seguido siendo extremadamente vulnerables a cualquier shock económico o de otra índole, como la pandemia ahora. Porque son informales y viven del día a día, o porque no obtuvieron una calidad de educación suficiente para ser más competitivos, porque no tenemos tantos buenos empleadores para ofrecer trabajo decente, o porque son mujeres y tienen menos derechos y más carga, o porque no tienen seguro de salud si se enferman ni pensión alguna cuando se jubilan. Ahora, vemos cómo desaparece este optimismo con la crisis actual, y miramos con más realismo nuestras brechas.

Una clase media apoya la democracia cuando siente que les da oportunidades y derechos, protección mínima en tiempos de mayor dificultad y herramientas para mejorar su situación y la de sus hijos. Pero una clase media puede volverse tremendamente autoritaria, fascista y xenófoba, como hemos visto en varios países, si se siente amenazada o sin oportunidades de salir adelante. La democracia nunca es algo que deba darse por seguro, sino hay que defenderla y reforzarla constantemente.

Cerca del 90% del financiamiento de la política estadounidense proviene de apenas unas 100 familias que buscan representar sus propios intereses. Salvando las distancias monetarias, en el Perú el financiamiento de partidos políticos también esconde intereses privados. ¿Qué medidas concretas se pueden adoptar para prevenir esto?

En el Perú el rol del dinero en las campañas se ha convertido en motivo de investigación por el financiamiento ilegal o clandestino de parte de empresas e individuos con intereses particulares. En EE. UU., en cambio, el rol del dinero en la política es mayormente legal; y es enorme, por los costos de las campañas en medios, y porque los congresistas tienen que reelegirse cada dos años, por lo que están en constante campaña. Dependen más del donante que del votante, al menos en algunas jurisdicciones.

Aquí los partidos son más pobres, las elecciones (y reelecciones) menos frecuentes, y creo que el financiamiento electoral va a ser menos importante como motivo de preocupación que hace unos años atrás. Más bien nos deben preocupar otras formas de corrupción, como son los sobornos directos y el tráfico de intereses a favor de grupos y mafias privados. Como estamos viendo ahora en el negocio de la importación de los diversos productos y equipos médicos de primera necesidad, incluso el mismo oxígeno. También tenemos problemas de “captura” de partes del Estado, de parte de los intereses privados que deben regular, a través de mecanismos que no pasen por el proceso electoral sino directamente.

Actualmente, la mayoría del Senado de EE.UU. representa apenas al 18% de la población del país. ¿Es probable que la manipulación de la circunscripción electoral y la supresión de votantes vuelvan a ser tácticas presentes en las elecciones de este año?

Sí, sin duda. En EE. UU. el voto es un derecho mas no una obligación, y un derecho que muchos tienen que defender constantemente contra quienes no lo quieren respetar.

Este año veremos cómo el Partido Republicano y los defensores de Trump, desesperados para lograr una reelección que se les va de las manos, tratarán de excluir a votantes que no simpaticen con sus preferencias, a través de diversas formas. Estas incluyen el cierre de locales de votación en zonas de densa población negra y latina, el cierre de los registros electorales para excluir a gente que se muda o se traslada temporalmente, la negación del derecho de voto por correo a los ancianos o personas que tienen temor a salir por el COVID-19, así como también campañas abiertas de desinformación y hasta intimidación física. En algunas localidades la gente tendrá que hacer largas colas y luchar para defender su derecho a voto. Es criminal, en mi opinión.

¿Considera que, así como sucede en Estados Unidos (según Karl), en Perú también existe una tendencia a evitar el análisis de clases sociales y la importancia del dinero en la política, para mantener un discurso que da por sentada una alta movilidad social?

En América Latina, tenemos una mayor tradición de partidos y movimientos laborales de tradición marxista, por lo que hay mayor tendencia a reconocer y hablar de clases sociales. De hecho, en el Perú durante años el análisis de clase predominaba, incluso en el Gobierno de los años 70, pasando al segundo plano las importantes diferencias étnicas, raciales y de género que existen, y tapando a nuestras prácticas racistas y discriminatorias.

Con el declive de los partidos marxistas y del sindicalismo, las nuevas generaciones ven el mundo con otros matices y en términos de clases sociales. La expansión de la educación y la movilidad social experimentada en los últimos años también contribuyeron a esto. Aun así, nuestros pueblos son más sensibles a las diferencias socioeconómicas y más críticos a la elite económica que vive, como dicen, “de espalda a su país y mirando a Miami (o Madrid)”.

Si la pandemia nos enseña algo, espero que nos enseñe que somos un solo pueblo – parte de un solo planeta – y tenemos que ser solidarios, construir buenos servicios para todos y compartir lo que tenemos entre todos. Ojalá.

Puedes descargar gratuitamente el documento “Desigualdad extrema y captura del Estado: la crisis de la democracia liberal en los Estados Unidos” aquí.

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