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Oda a James Baldwin en medio de una pandemia, por Leda M. Pérez

31 julio, 2020

Artículo de opinión de la investigadora Leda M. Pérez.

Black Lives Matter: antes y ahora

En estos días, pienso mucho en los Estados Unidos (EE. UU.), James Baldwin y el Perú. Viendo desde aquí la explosión en las calles de mi país natal, vuelvo a leer a Baldwin. Recuerdo las manifestaciones en pro de la justicia racial que vivió el escritor afroamericano, quien predijo que estas no cesarían hasta que los blancos de ese país no tomasen una real conciencia sobre ese momento y su historia.

Nacido en Nueva York en 1924, Baldwin creció en Harlem, emblemático barrio negro. Hay que decirlo, pues desde la emancipación legal de los esclavos en los EE. UU. en 1865, hasta el presente, siempre ha habido “barrios negros” en ese país. Con el tiempo vendrían vecindarios italianos, irlandeses, chinos y judíos y, luego, también, latinos, asiáticos y de otros migrantes más.

Estados Unidos es un país en el cual se vive una segregación de facto, donde, hasta hoy, el 12% de la población negra -descendiente de esclavos traídos a las colonias inglesas en la Norteamérica del siglo 17- desproporcionadamente experimenta escuelas pobres, altas tasas de morbilidad y mortalidad, y encarcelamiento por ofensas no violentas en un sistema de prisiones famoso por ser el que más encarcela en el mundo. Un reciente estudio sugiere, además, que la brecha salarial entre norteamericanos negros y blancos esencialmente no ha cambiado desde el año 1950. [1]

Desde mi niñez, he sido testigo de numerosas protestas furiosas frente a las innumerables muertes de hombres negros en custodia policial, así como de la flagrante despreocupación generalizada de buena parte de la ciudadanía de ese país. Cuando estallaron los famosos disturbios raciales en Miami del año 1980, luego de que cuatro policías fueran exculpados por la muerte de Arthur McDuffie mientras lo arrestaban, yo tenía apenas 12 años. Me acuerdo de las protestas lideradas por afroamericanos, cansados del miedo y el maltrato –lo que el periodista Astead Herndon describe, en un artículo reciente de la New York Times, sobre la experiencia generalizada de afroamericanos en los EE. UU. como una “masacre de siglos” [2]. En medio de ello, en una muestra de total desentendimiento y desconexión entre ciudadanos negros y blancos, algunos de estos últimos solo preguntaban, ¿por qué destrozan sus propios barrios?

Mis recuerdos me regresan allá mientras me encuentro en Lima 40 años después, en medio de la presente pandemia, un evento histórico que vivimos colectivamente, pero ciertamente no de manera igual. Me trae a la mente el racismo estructural de mi país, y sobre el cual Baldwin y tantos otros y otras escribieron y contra el cual lucharon. Y me pregunto qué hubiera dicho Baldwin de la presente situación en el Perú, en la que la emergencia sanitaria revela lo que ya sabíamos: el racismo mata.

Mata en actos de odio abierto -claro-, pero más insidiosa y lentamente mata en el día a día. Mata a través del posicionamiento social por el color de la piel o la procedencia, donde las personas son relegadas a malas escuelas, trabajos precarios, tratos desdeñosos, y -ahora en pandemia- condenas de muerte por condiciones crónicas de salud que vulnerabilizan aún más a los marginados y menos blancos de este país. Esto es especialmente cierto cuando a ello se suma la falta de acceso oportuno a servicios de salud.

Me parece que Baldwin hubiera expresado una reflexión parecida a la que formuló frente a la sociedad norteamericana blanca y privilegiada de los años sesenta: sin una mirada sincera en el espejo; sin un reconocimiento de la historia y la complicidad que han tenido los privilegiados con esta historia hasta el presente, ningún proyecto de cohesión social, y menos de nación, será posible. Muchos años después, Bob Dylan expresaría de manera sucinta una preocupación similar acerca de la falta de dignidad para tantos en su tierra: “the soul of a nation is under a knife” [3].


Bob Dylan y James Baldwin en la cena de la Declaración de Derechos del Comité de Libertades Civiles de Emergencia, Nueva York, 1963. © 2002-2020 Ted Russell.

Cirugía plástica sin arreglos de alma
Luego del año 1955 en que la Corte Suprema falló a favor de Brown en Brown versus Board of Education, ordenando la integración de todas las razas en las instituciones educativas, lo único que cambió fue la ley; pues la segregación de facto aseguró que afroamericanos se mantuvieran en barrios subestándar por medio de una práctica comúnmente conocida como “redlining”: la negación sistemática a esos barrios de servicios básicos desde la electricidad hasta la educación y la salud. A través de esta geografía socioeconómica que catalogaba a ciertos vecindarios como inferiores, se hacía imposible el acceso a préstamos hipotecarios, lo que contribuía al decreciente valor de sus predios y a la imposibilidad de que sus residentes pudiesen aspirar a mejores viviendas.

Asimismo, entre el fin de jure de la esclavitud hasta que se aprobó la ley de derechos civiles en 1965, el empleo también fue altamente segregado, asegurándose para afroamericanos roles de servicios para con sus compatriotas blancos: hombres en trabajo duro y manual, o como porteros en hoteles urbanos, por ejemplo. Para las mujeres no había mucho más que la cocina y el servicio doméstico. Y no solo esto. Los y las que -pese a estas políticas explicitas de segregación, y otras no tan explicitas, pero no por ello menos reales- lograron acceso a buena educación, mantuvieron a salvo sus hogares y familias, o pudieron construir negocios propios, fueron sistemáticamente sometidos a la incertidumbre generada por fuerzas ajenas poderosas que podían destrozar sus activos personales y economías comunitarias en cualquier momento en nombre del “desarrollo”.

Existen varios ejemplos de boyantes barrios históricamente afroamericanos que fueron atravesados, divididos y finalmente crucificados por autopistas planificadas y construidas sin su consentimiento, y que, en efecto, diezmaron lo que habían sido comunidades dinámicas y decididamente de clase media [4].

En resumen, desde que africanos fueron transportados en condiciones innombrables a Norteamérica a partir del año 1619, sus descendientes han enfrentado una sucesión de atropellos incesantes por más de cuatro siglos. Independientemente de su estatus económico, inclusive para aquellos que han logrado prosperidad, el miedo es una fuente permanente de tensión, en particular cuando todavía es necesario educar a sus hijos acerca de cómo transitar calles e instituciones hostiles, pues estas cobran vidas.

Luego de casi cuatro meses de vivir esta pandemia en el Perú, pienso en este país y me parece que, pese a diferencias históricas importantes entre poblaciones marginadas aquí y en otras partes del mundo, incluido mi país natal, hay similitudes innegables respecto a las raíces del problema. Me refiero a la incapacidad de aquellos en posiciones de privilegio, y por ende de poder, por su color de piel y procedencia, de ver la verdad acerca de su propia complicidad en la marginación de otros. Como arguye Isabel Wilkerson, es un problema que proviene no solo del racismo, sino de un sistema de castas, aquello que coloca -e históricamente ha anclado- a cada quien en su sitio [5]. Estos sistemas abundan en el mundo desde la India hasta los EE. UU., y el Perú, claro. Tal vez la diferencia en la modernidad es que por ratos parece que el ancla se hace menos pesada, y que hay espacio para el movimiento y la mejoría. Pero entonces viene el Covid-19 del 2020 y vemos con claridad que todo era una mentira.

Ha habido (y seguramente seguirá habiendo) diversas propuestas desde el Estado peruano, la sociedad civil y los académicos, cada uno urgiendo más que el otro la necesidad de pensar en soluciones que cierren las abismales brechas de desigualdad en el país. Sin embargo, me parece que el meollo del asunto sigue siendo la incapacidad de mirarse bien la cara los unos a los otros, y buscar soluciones para el colectivo, para el país y toda la diversidad que ello implica. Se habla de querer un país más justo; un país más sano; se quiere más, y mejor, educación. Pero, ¿realmente se desea ser menos desigual? Porque esto es lo que hay que atender, y no lo superficial, sino el cimiento sobre el cual está construida esa desigualdad.

Parte de la dificultad es que no es fácil pelear contra un problema que no se puede –o no se quiere– ver con claridad. Por ejemplo, pocos dirían abiertamente que están en desacuerdo con cerrar las brechas de desigualdad. ¡Educación y salud para todos! No obstante, el desafío -el “mero, mero” del asunto, como dicen nuestros amigos mexicanos- es entrar a resolver el nudo gordiano del problema.

Una verdad inconveniente
Una tasa de informalidad de 70% no es un accidente; esa supuesta nueva clase media que surgió a raíz del boom económico pende de un hilo porque se tomaron decisiones de índole Tú mismo eres. ¡El emprendedurismo es tu tren a la movilidad socioeconómica! Pero, no me mires a mí, Estado, y quédate en tu barrio, aquello que aquí en Lima se llama “conos”, como algo externo, foráneo. Y vuelve a mi cabeza lo dicho por Baldwin: “si no te miras en el espejo; si no reconoces que eres parte del problema que dices querer resolver, no lograrás cambiar nada”. Parecido a “no justice, no peace”, la arenga que se gritó en las calles de los EE. UU. y de Europa en el contexto del movimiento Black Lives Matter, me parece que el Perú nos recuerda a la famosa frase de Porfirio Díaz respecto a México, dicha con diferente intención, pero muy aplicable en estos momentos: “tan lejos de Dios y tan cerca a Estados Unidos”.

Si bien estos análisis son necesarios e importantes, son insuficientes. Tenemos que mirar de cerca a quienes hacen los trabajos más pobres, menos seguros, más maltratados, más explotados. Y con seguridad veríamos que, si en los Estados Unidos de inicios de los años sesenta instituciones formales e informales activamente excluían a la población afroamericana de los espacios educativos, sanitarios, laborales y hasta de la posibilidad de crear riqueza, algo parecido ocurre en el Perú en el año 2020.

No es suficiente querer resolver estos asuntos en abstracto, entonces. Hay que considerar cómo es que se participa activamente -con conciencia, o sin ella- en mantener el statu quo. Por ejemplo, todos aquellos que están proveyendo servicios esenciales forman parte de aquella clase de trabajador que gana poco y es menos blanca. Y ahí está la paradoja. Pese a la importancia de sus contribuciones laborales y de la demanda que por sus servicios hacen el Estado y la sociedad, esos trabajadores esenciales -los que conforman la mayoría del país, desde la agricultura hasta los servicios domésticos y de cuidados- no cuentan ellos mismos con los servicios básicos que necesitan y merecen como ciudadanos.

Pero, luego de todo lo dicho, me parece que, al igual que en los Estados Unidos -y cito al otrora vicepresidente de ese país, Al Gore, cuando hablaba del calentamiento global y la falta de atención mundial a este fenómeno-, lo que se plantea aquí “es una verdad inconveniente”. Es una verdad inconveniente para este país -como para tantos otros, comenzando por el mío- que basa su economía y la provisión de servicios muy necesarios en la mano de obra barata que invariablemente viene en la forma de una persona no blanca.

Para el Perú, en especial, no hay que olvidar a Quijano [6], quien entendió que las estructuras del poder colonial fueron tan insidiosas y potentes que nos acompañan hasta ahora y que, en el escalafón de nuestra sociedad, el acercamiento simbólico a lo que significa ser blanco -buena educación, buen trabajo, buena vivienda, y buenos servicios- es la meta. Pero ese pacto con el diablo lleva a reproducir estamentos que colocan al menos blanco abajo y con barreras visibles e invisibles, asegurando de esa manera que aquellos que logren “blanquearse” no se muevan fácilmente de su lugar en la pirámide. Mientras tanto, entre los que están al fondo del escalafón encontramos a los que caminan miles de kilómetros para llegar a sus tierras, solo para que al arribar se den cuenta de que tampoco están a salvo allí. Al menos Baldwin se pudo refugiar en París un tiempo antes de regresar a la lucha.

[1] Bayer, P. y Charles, K.K., (2018). Divergent Paths: A New Perspective on Earnings Differences Between Black and White Men Since 1940. The Quarterly Journal of Economics, 133(3), pp. 1459–1501.

[2]  Herndon, A.W. (19 de junio de 2020). “Black Tulsans, with a Defiant Juneteenth Celebration, Send a Message to Trump”. The New York Times. Disponible en: https://www.nytimes.com/2020/06/19/us/politics/juneteenth-tulsa-trump-rally.html.

[3] Bob Dylan, “Dignity”, The Bootleg Series, Vol 8: Tell Tale Signs (2008)

[4] Ver, por ejemplo, a Young, A.M.W. (2006). The Overtown Men´s Health Study. Miami: Collins Center for Public Policy. Disponible en: https://fcmu.phhp.ufl.edu/conference/2007/Presentations/April%20Young.pdf., y Young, A.M.W,. Pérez, L.M., Pérez, Northridge, M. et al. (2007). “Bringing to light the health needs of African-American Men: the Overtown Men's Health Study.” The Journal of Men´s Health & Gender. 4(2), 140-148.

[5] Wilkerson, I. (1 de julio de 2020). “America´s Enduring Caste System.” The New York Times Magazine. Disponible en: https://www.nytimes.com/2020/07/01/magazine/isabel-wilkerson-caste.html.

[6]  Quijano, A. (2000). “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina.” En Lander, E. (ed.). La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas, pp. 201–249. Buenos Aires: CLACSO.

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