Educación básica Políticas educativas

“Nuestro sistema educativo, como nuestro país, es profundamente inequitativo y segregado”

2021

Entrevista por el Día Internacional de la Educación a César Guadalupe, Investigador CIUP

La llegada de la pandemia del COVID-19 a nuestras vidas ha supuesto un duro golpe een diferentes ámbitos de nuestras vidas. Uno de los más perjudicados en ese sentido, han sido los niños, a quienes, desde el inicio de la pandemia, se les envió a sus casas a seguir clases de manera remota y quienes por varios meses estuvieron en cuarentena ¿Cuáles considera que son los retos actuales a nivel mundial para la educación básica en este contexto de pandemia?

La pandemia forzó a los sistemas educativos a improvisar una respuesta de urgencia que conjugó dos elementos centrales: cerrar los locales en los que operan las instituciones educativas suprimiendo la forma presencial de enseñanza-aprendizaje y, como alternativa, recurrir a algún esquema de provisión remota de los servicios educativos. La educación a distancia tiene una larga historia que, por una buena razón, está fundamentalmente enfocada en la educación de jóvenes y adultos: la educación a distancia reposa, en una fracción muy elevada, en el auto-aprendizaje, lo que supone determinados niveles de madurez y compromiso que son difíciles en edades tempranas.

A lo anterior se suma que mientras más joven es una persona, mayor es el peso de los elementos físicos y del contacto emocional que hacen parte de todo proceso de enseñanza aprendizaje: un adulto puede estudiar en un libro algunas cosas, o practicarlas en un sistema en línea; sin embargo, entre los menores el aprendizaje pasa por la interacción humana y el establecimiento de relaciones interpersonales significativas.

Evidentemente no estábamos preparados

Pocos sistemas educativos estaban preparados para un tránsito a formas de operación remotas. La respuesta de urgencia ha chocado, en varios lugares, con debilidades en la comprensión de lo que se necesita y de lo que es posible y, en ocasiones, por una apuesta fetichista por el equipamiento y la conectividad (que difícilmente se resuelve en pocos meses y menos sin un compromiso multisectorial) que descuida la naturaleza educativa del fenómeno educativo y lo sustituye por instrumentos y contenidos.

Claro está que una respuesta de urgencia es siempre presa de lo que se tiene a la mano en un determinado momento, pero una vez que la emergencia se extiende por un periodo prolongado, no hay pretextos para seguir descuidando el necesario foco en la naturaleza educativa de las experiencias de aprendizaje que debemos asegurar a pesar de las condiciones. Así, los desafíos que me parece deberían ser abordados hoy, tienen que ver con dar el necesario énfasis a lo principal y poner en un segundo plano lo instrumental.

"Un adulto puede estudiar en un libro algunas cosas, o practicarlas en un sistema en línea; sin embargo, entre los menores el aprendizaje pasa por la interacción humana y el establecimiento de relaciones interpersonales significativas"

En ese sentido, ¿En qué deberíamos ahora hacer mayor énfasis?

Por ejemplo, si la experiencia de aprendizaje es, en primer lugar, (como sabemos desde siempre -al menos los educadores) una experiencia humana entre personas ¿cuáles son los entornos humanos de aprendizaje más relevantes una vez se cierran los locales escolares? Evidentemente, la respuesta son los hogares y, entonces, debemos preguntarnos ¿cuánto hemos hecho para apoyar a los hogares en este tiempo? ¿cuánto hemos hecho para hacer de los hogares espacios seguros, saludables, cálidos que propicien el crecimiento de los estudiantes? ¿cuánto hemos hecho para remover estereotipos, desterrar la violencia intrafamiliar?

Al mismo tiempo es necesario evaluar bien qué es posible hacer en términos de levantar el cierre de los locales escolares. Diversas organizaciones, incluyendo a UNICEF, señalan que el riesgo de abrir los locales escolares es menor y mucho más manejable que el riesgo de mantener la situación actual. ¿En qué medida eso es así? ¿En qué contextos se puede facilitar el retorno a lo presencial? ¿con qué condiciones?

En el Perú, donde solo el 28% de familias tiene acceso a Internet desde sus casas o donde más de la mitad de niños no cuenta con una laptop ¿Cómo se intensifican estos retos?

La educación peruana está marcada por varias condiciones que hacen que estos retos sean particularmente problemáticos: los hogares no cuentan con recursos materiales suficientes para la operación remota; tampoco con el capital educativo y cultural suficiente para ello; existen innumerables problemas de violencia intrafamiliar, presencia de estereotipos de género, creencias complejas que, por ejemplo, podrían representar un dique al avance de los necesarios procesos de inmunización de la población.

A ello, hay que sumar las limitaciones de infraestructura de muchas localidades del país. Recordemos que el sistema educativo tiene un nivel de penetración territorial altísimo lo que lo lleva a que tengamos escuelas en miles de centros poblados de población reducida y con reducidos servicios. Cuando, por ejemplo, decimos que un alto porcentaje de nuestras escuelas (en realidad queremos decir locales escolares) no tienen agua potable, electricidad o conexión a internet, debemos tener presente que en muchos de esos casos no se trata de una debilidad del local escolar, sino de un problema de la localidad en la que se encuentra y que, por lo mismo, su solución no pasa exclusivamente por la labor educativa.

Finalmente, un factor central de nuestros problemas es que nuestro sistema educativo, así como nuestro país, es profundamente inequitativo y segregado. Entonces, una crisis como la presente termina teniendo impactos profundamente diferenciados dependiendo del nivel de ventaja o desventaja en el que uno se encuentra y, además, las necesarias restricciones al traslado en el espacio y al contacto entre personas, no hacen sino ahondar las distancias entre quienes ya tenían poco o nulo contacto dada la segregación

¿A qué otros problemas nos enfrentamos debido a la pandemia?

En primer lugar, la educación de la primera infancia. Durante las últimas décadas hemos hecho mucho para asegurar que nuestros niños de 3 a 5 años cuenten con alguna forma institucionalizada de educación inicial. Así, el 97 por ciento de nuestros niños llegaba a primer grado con, al menos, un año de educación inicial; y tres de cada cuatro con tres años de inicial o más. La educación inicial en forma remota es prácticamente un imposible y esta es la parte clave de nuestra educación que es más golpeada por la imposibilidad de la interacción presencial.

En segundo lugar, la educación superior. La participación de nuestros jóvenes en esta es menoscabada por la precariedad económica que la crisis sanitaria agrava: dificultad para pagar pensiones en una parte del sistema donde la mayor parte de la matrícula accede a educación privada pagada, al tiempo que hay una mayor premura económica en los hogares. Esto se ha traducido en la necesidad de interrumpir temporalmente los estudios (con la posibilidad de que esa interrupción resulte definitiva), continuidad, pero con muchos apremios que comprometen la capacidad de pago (y con ello, la liquidez de las instituciones privadas que han tenido que enfrentar inversiones importantes para operar de forma remota).

En tercer lugar, la primaria y la secundaria. En este caso, lo que vemos es la posible zozobra de la educación privada de bajo costo (y, en muchos casos, pero no todos, de baja calidad) sin que eso se traduzca necesariamente en una migración hacia la oferta estatal sea por que ésta no se da abasto  o por una imagen de rechazo a la educación estatal. El riesgo de caída en los niveles de conclusión de estudios es importante y, se agudiza, en el caso de la población femenina que ya experimentaba trayectorias educativas con mayores restricciones.

Finalmente, este es un contexto donde la educación permanente de los jóvenes y adultos resulta menos visible y más relegada que antes cuando los desafíos que tenemos en ese terreno son inmensos tanto por los déficits heredados de la no conclusión de estudios obligatorios o de la mala calidad de éstos (aproximadamente 7 de cada 10 peruanos entre 16 y 65 años tiene dificultades importantes para la lectura y el uso de números).

"Un factor central de nuestros problemas es que nuestro sistema educativo, así como nuestro país, es profundamente inequitativo y segregado. Entonces, una crisis como la presente termina teniendo impactos profundamente diferenciados dependiendo del nivel de ventaja o desventaja en el que uno se encuentra"

¿Cómo evitar que el 2021 sea un año perdido en materia educativa?

Ningún año vivido debería ser un año perdido para nadie. Podemos y debemos aprender en todas las circunstancias que nos toca vivir. El problema se suscita cuando se cree que en las circunstancias X, hay que hacer todo lo posible para aprender lo mismo que se aprendía en las circunstancias Y, en vez de pensar qué es lo que se puede aprender mejor en el nuevo escenario. Creo que parte importante de nuestros problemas obedece a ello. El problema no es qué hacemos con X horas semanales de matemáticas o de lo que fuera, sino como construimos ciudadanos en el actual contexto (eso es lo que busca nuestro Currículo). La pandemia, como cualquier otra circunstancia que vivimos, abre oportunidades para trabajar sobre ello. Por ejemplo, ¿no deberíamos estar conversando acerca de los prejuicios con relación a la inmunización? ¿de los estereotipos con los que se asigna las tareas domésticas? ¿de la relación entre la pandemia y la interdependencia global? Hay muchas formas de convertir una situación dada en un disparador de las reflexiones que son las que definen el currículo y que muchas veces quedan de lado frente a la lógica burocrática de los planes y programas; dejamos de pensar en aprendizaje y terminamos enarbolando las banderas de “con mis cursos o con mis horas no te metas” y ahí, la propia tarea educativa deja de existir.

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