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Derribar estatuas, reconstruir la nación, por Roger Merino

12 octubre, 2020

"Los monumentos buscan perennizar interpretaciones históricas, con sus ganadores y perdedores, para justificar una idea de nación. Pero la idea de nación que existe en el Perú y en muchos países está en proceso de reinterpretación por los actores sociales que han sido excluidos de los discursos oficiales", asegura el investigador CIUP, Roger Merino, por la conmemoración del proceso de colonización y el día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural.

En los últimos años, la celebración del 12 de octubre como el “día de la hispanidad” o “día del descubrimiento” genera fuertes debates en torno a la necesidad de reinterpretar el proceso de colonización. No es un debate menor. Mientras que algunas autoridades, como el alcalde de Lima, aprovecha la ocasión para acicalar el monumento de Cristóbal Colón - que además se erige triunfante sobre una mujer indígena en actitud de sumisión-, colectivos sociales exigen la demolición de monumentos que representan el genocidio, esclavitud y estigmatización de las civilizaciones originarias.

El proceso de colonización es un proceso complejo que va más allá de términos absolutos de sometimiento, sumisión, rebelión, o mestizaje. Las naciones indígenas tenían sus propias dinámicas socio-culturales y políticas, con tensiones, divisiones, alianzas e ideas propias de bienestar colectivo e individual, implementadas a través de sus propias instituciones económicas y legales. El problema es que el proceso de colonización tuvo como premisa que todo ello, al no calzar en los moldes de pensamiento occidental, debía ser exterminado o asimilado. Es lo que he denominado en varios estudios como la paradoja de la inclusión/exclusión . Eran las únicas opciones que tenía el sujeto colonizado: o ser eliminado en términos absolutos o ser reconocido con ciertos derechos siempre y cuando renuncié a su cosmovisión y se someta a las reglas de semi-esclavitud y adoctrinamiento cristiano.

Los pueblos indígenas se enfrentaron a esta paradoja con diversas estrategias: desde adaptar y utilizar las instituciones coloniales como medios para canalizar su agenda política (por ejemplo, usando el español para denunciar los abusos, o afirmando derechos que derivaban de la ascendencia) hasta organizar levantamientos y rebeliones en distintas etapas del proceso colonial. En el fondo, el objetivo político ha sido la autodeterminación frente a los intentos de exterminio o asimilación (lo que en buena cuenta es un exterminio cultural). Ni siquiera el discurso del mestizaje, y su pretensión de eliminar la diferencia apelando a un sincretismo biológico y cultural, ha podido eliminar esa agenda. En el Perú de hoy, por ejemplo, 25% de la población se define como de orígenes indígenas (INEI, 2018) y 51 pueblos indígenas en la Amazonía y 4 pueblos indígenas en los Andes han sido oficialmente reconocidos por el Ministerio de Cultura. Y no solo ello. A través de protestas, acciones judiciales o declaraciones públicas los pueblos indígenas se oponen a políticas y leyes que ponen en riesgo su territorio. Han denunciado impactos ambientales derivados de 40 años de explotación petrolera en la Amazonía. Han presentado demandas judiciales obligando al estado a realizar consultas previas sobre concesiones mineras, petroleras y proyectos de infraestructura. El pueblo Wampis ha declarado su autonomía como nación indígena y lo ha difundido a través de foros internacionales y comunicaciones formales a entidades públicas. ¿Cómo ha respondido el estado peruano? Con reformas reactivas, derivadas de grandes conflictos como el Baguazo o de mesas de diálogo para “destrabar” inversiones.

Los monumentos buscan perennizar interpretaciones históricas, con sus ganadores y perdedores, para justificar una idea de nación. Pero la idea de nación que existe en el Perú y en muchos países está en proceso de reinterpretación por los actores sociales que han sido excluidos de los discursos oficiales. En este proceso, muchos monumentos serán derribados y otros terminarán en los museos. Y es que la agenda política de las naciones indígenas y varias organizaciones sociales es edificar nuevos consensos, más respetuosos de nuestras civilizaciones ancestrales y más comprometidos con un futuro más diverso y solidario.

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