Elecciones y democracia Política comparada

16 de noviembre: 20 años después, por César Guadalupe

19 noviembre, 2020

Columna de opinión de nuestro investigador CIUP, César Guadalupe.

Varias personas han reparado en la coincidencia en la fecha: el 16 de noviembre de 2000, Valentín Paniagua asumía la presidencia del Congreso en medio de una profunda crisis institucional así como este 16 de noviembre le ha tocado una tarea similar a Francisco Sagasti.

La coincidencia en las fechas y el tratarse exactamente de dos décadas cuyo inicio coincidió con el siglo invitan a preguntarnos acerca de lo que cambió y lo que no cambió en el Perú en este período. La crisis actual obliga a hacer un balance que nos permita sostener lo que haya que sostener y corregir lo que haya que corregir.

Muchas personas han escrito acerca de las bondades de estos veinte años. Estas abarcan aspectos como la estabilidad económica, la reducción de la pobreza monetaria, avances (aunque tímidos) en lo educativo, etc. Sin embargo, persisten o se han agravado algunos problemas que están a la base de la crisis (la de hoy y la de hace veinte años) y la pandemia ha hecho todo más patente: la sociedad peruana carece de un acuerdo básico de convivencia y, más bien, reposa en la exclusión, la segregación, la injusticia y la ausencia de diálogo. Cuando un joven peruano de hoy lee a Gonzales Prada o a Basadre encuentra demasiadas coincidencias. Asimismo, resulta problemático y éticamente cuestionable, celebrar los éxitos macroeconómicos cuando la proporción de peruanos que vive en la precariedad material (esa que estalló con la pandemia) no se ha alterado de modo importante en los últimos 40 años: con crisis y con crecimiento, la vida de los peruanos ha estado marcada por la precariedad en un entorno institucional frágil y desvirtuado.

Necesitamos abordar seriamente esos problemas y atender, como lo señaló el presidente Sagasti recordando a Basadre, los desafíos de la promesa de la vida peruana.

Para ello, hoy contamos con algunas cosas que no tuvimos en las dos décadas previas: (i) una juventud que parece presta a actuar aunque carezca de niveles mínimos de organización, lo que entraña muchos riesgos; (ii) un presidente solvente, probo y abierto a la conversación (cosa que perdimos tan pronto terminó el gobierno de Paniagua y podemos volver a perder en unos meses); y (iii) algunos miembros de la élite empresarial sinceramente preocupados y que contribuyeron a dejar sin piso al esperpéntico episodio de la semana pasada y, con ello, también hicieron evidente que su acción gremial adolece de serios problemas. Curiosamente, sin embargo, sus voces sonaron más fuerte que las de nuestros alicaídos sindicatos laborales.

Pero no basta con ello. Es preciso dialogar y eso es algo a lo que no estamos habituados: exponer ideas y no vociferar dogmas, consignas o estereotipos; respetar la diversidad de ideas y no deslegitimar al adversario mediante prácticas como el terruqueo. El diálogo se ve entorpecido por el pulular de “noticias” falsas emitidas sin que ningún empresario de la información (eso que llamamos prensa) actúe con firmeza para rectificar lo que sus medios hacen. Necesitamos una profunda reforma política para la cual ya tenemos propuestas, sin embargo no parece haber voluntad para construir organizaciones políticas dignas de ser llamadas así, y no cascarones que albergan intereses particulares y que son, en muchos casos, financiados por la estafa educativa o la economía ilegal. Necesitamos empezar a confiar unos en otros y eso supone romper ghettos como los que define la tremenda segregación socioeconómica de nuestro sistema educativo.

En ese marco, el presidente Sagasti no sólo tiene el reto de enfrentar la crisis sanitaria, gobernar con la prudencia que corresponde a la naturaleza del encargo que ha recibido, y mantener a raya a un grupo de congresistas que muy probablemente mantengan su modus operandi; también ha abrazado la apuesta por abrir un diálogo nacional que nos ayude a encontrarnos, escucharnos y recomponer la confianza necesaria para reconocernos como partes de una misma comunidad. El contexto de Bicentenario, su propia vocación democrática y la sensación de respiro que hoy tenemos pueden capitalizarse para ello.

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